El niño que tenía el corazón frágil

Había una vez un niño que tenía el corazón de cristal. Todas las demás personas tenemos el corazón de venas y de vasos y de músculos y de arterias…, pero él lo tenía de cristal. Y a través de su pecho, que resultaba transparente, podían adivinarse sus sentimientos; podían verse los movimientos del corazón en ascenso, en descenso, retrayéndose o adelantado; y los humores y vahos que en él vertían las pasiones desde las distintas partes del cuerpo.

Los padres de este niño lo querían, si es posible, un poco más de lo que suelen querer los padres, porque lo veían con el corazón tan frágil que temían que en cualquier momento fuera a rompérsele. De haber ellos podido impedirlo, el niño jamás hubiera traspuesto los umbrales de casa.

— Fuera está el ruido —se decían—. Fuera la vida turbulenta. Algún día contraerá un sentimiento tan fuerte que su corazón no podrá resistirlo e irá a romperse.

Y así, mientras pudieron, mantuvieron al niño alejado de todo.

Pero, ¿es qué hay un cariño tan hondo y protector que pueda ahorrarnos una sola pena, una desgarradura, una emoción? Vivir es poco a poco internarse en esa red inextricable de sentimientos y perplejidades, y, a su hora y en su tiempo, fatal e inexorablemente, nuestro niño también tuvo que adentrarse.

Lo primero que conoció fue la injusticia humana. Su corazón pareció endurecerse. Flotaron en él los vahos azules y lívidos de la cólera; adquirió el aspecto de las gemas más frías: los zafiros y las turquesas.

Pero la cólera, con ser un sentimiento tan fuerte, no pudo romper aquel corazón.

Luego conoció el esplendor aplastante de la belleza. Su corazón pareció ascender y teñirse de opalescentes tonos de amarillos, de dorados y de ocres.

Pero tampoco el sentimiento de la belleza, con ser tan fuerte, pudo resquebrajar el corazón.

— Quizá se encuentre a salvo —se atrevían a aventurar los padres—. Conoce la cólera, conoce la belleza y las ha podido sobrevivir.

Cuando llegó el amor, con su fuerza turbadora, aquel corazón, aún siendo de cristal, manó sangre. Y las gotas resbalaron por los cristales puros y los tiñeron de rojo, púrpura y escarlata, hasta asemejarlo a las gemas más cálidas, los rubíes.

— Ahora —temían los padres—. Ahora acaso llegue a romperse.

Pero el amor, con todo, y ser tan fuerte, tampoco pudo hacer estallar aquel corazón.

Y ya estaban los padres tranquilos y desapercibido el propio infante, porque se habían olvidado de que aún le faltaba por conocer la miseria moral del mundo, la mezquindad. Y esta por fin hubo de asaltarlo, brutalmente, bajo la forma, sin embargo, tan vulgar de una traición.

Tendido sobre su lecho, esa misma noche, el niño sintió que se le hacía pedazos el corazón: había conocido la piedad.

Concepción Teresa Alzola

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