El zorro y el huaychao

Hace muchísimos años el zorro tenía la boca chiquita y bonita. Un día andaba de paseo y vio un huaychao [ave andina peruana] que cantaba sobre un cerro. Éste era pequeñito como un zorzal y tenía el plumaje gris claro y al cantar movía alegremente las plumas blancas de su cola.

El zorro se quedó mirando el pico largo y aflautado del ave y le dijo mañosamente:

— ¡Qué hermosa flauta, amigo huaychao, y qué bien tocas! ¿Podrías prestármela solo por un momento? Yo la tocaré con mucho cuidado.

El ave se negó, pero el zorro zalamero insistía tanto que al fin el huaychao le prestó su pico, recomendándole que para tocar se cosiera el hocico a fin de que la flauta se adaptara mejor.

Y así, sobre el monte, el zorro se puso a tocar soplando la flauta. Después de un rato, el huaychao reclamó su pico, más el zorro se negó. Decía el ave:

— Yo sólo la uso de hora en hora y tú tocas sin descansar.

El zorro no entraba en razones y soplaba y soplaba incansablemente para un público de pequeños animales que se habían reunido en torno suyo.

Al ruido se despertaron unos añases [especie de zorros] y salieron de sus cuevas, subieron al cerro en animada pandilla, al ver al zorro tocando se pusieron a bailar y bailaron con ellos todos los animales del campo. El zorro no pudo guardar la seriedad por mucho tiempo y de pronto rompió a reír y al hacerlo se le descoció el hocico mucho más de la medida y éste le quedó grande y rasgado de oreja a oreja.

El huaychao antes de que el zorro se recuperara de la sorpresa, recogió su pico y echó a volar.

Desde entonces, según cuentan, se quedaron los zorros con la boca enorme castigo de su abuso de confianza.

Autor: José María Arguedas
Foto de cabecera: Asociación cultural “Haciendo pueblo”

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