La tinaja encantada

Había una vez un labrador que estaba arando su campo, cuando de pronto la reja del arado, que era de madera, tropezó con un objeto duro y se rompió. Era una tinaja de barro. El labrador desenterró la tinaja y se la llevó a su casa.

A la mañana siguiente, el labrador se preparaba para ir al mercado. Estando por salir de su casa, por accidente tropezó con la tinaja y se le cayeron unas monedas dentro de ella. El labrador las sacó rápidamente cuando vio, para su sorpresa, que en el fondo de la tinaja había un puñado de monedas exactamente igual al que acababa de sacar. El labrador sacó este nuevo puñado de monedas y nuevamente apareció un tercer puñado en el fondo. El labrador comprendió entonces que la tinaja estaba encantada, y que el encantamiento consistía en duplicar lo que se echara en ella.

De este modo, echando y sacando puñados de monedas, el labrador se hizo rico. Le contó a su mujer el secreto de la tinaja y le pidió que no se lo contara a nadie. La mujer así lo prometió; pero ya lo dice el dicho: “Si no quieres que la gente descubra un secreto, no se lo cuentes a tu mujer”. Así que la señora le contó a una amiga íntima el hallazgo de la tinaja encantada haciéndole prometer no contar nada a nadie, luego esta amiga se lo contó a otra, y ella a otra, y así en cadena y siempre con el mismo encargo de guardar el secreto. Y así, el secreto se convirtió en noticia.

A los pocos días, la historia de la tinaja llegó a oídos del vecino del labrador. El vecino entonces le entabló un juicio, alegando según él que la tinaja había sido encontrada en sus terrenos. Ya en el juzgado, el juez escuchó atentamente el testimonio de ambas partes y la historia de la tinaja encantada. Pero el juez, tentado por la codicia, dio como “veredicto” confiscar la tinaja alegando que los litigantes no podían ponerse de acuerdo y los echó.

Los dos vecinos entonces deambularon por todo el pueblo quejándose amargamente de la codicia del juez. Y así como la historia de la tinaja, la historia del juicio llegó a oídos de todos, incluyendo los de su padre. Éste le recriminó duramente a su hijo por su actitud, pues no entendía cómo un juez echaba por tierra su honra y su fama por una miserable tinaja de barro.

— Es que no es una tinaja común y corriente —le respondió el hijo—. Ven y te lo mostraré.

Y llevó a su padre ante la tinaja, explicándole el encantamiento de la misma. Ni bien el juez terminó de explicarle cuando ya su padre había echado un puñado de monedas dentro de la tinaja y luego sacando monedas a puñados.

Mas, en su ambición, el viejo perdió el equilibrio y se cayó dentro de la tinaja. Su hijo rápidamente lo ayudó a salir, pues era su deber ayudar en todo a su anciano padre. Cuando el padre estuvo a salvo, el hijo vio sorprendido un segundo padre dentro de la tinaja, al cual igualmente ayudó a salir. Pero de inmediato apareció dentro de la tinaja un tercer padre. No había el hijo terminado de sacarlo de la tinaja, cuando ya un cuarto padre se agitaba quejumbroso en ella.

Y el mal juez, desesperado, tuvo que pasarse la vida sacando y sacando padres de la tinaja, pues a pesar de todo no era sensato que incumpliera sus deberes de buen hijo…

Imagen del libro Cuentos escogidos vol. 3

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