Oportunidades

Iba un lujoso trasatlántico navegando por los mares del Caribe, cuando de repente se desata una feroz tormenta que ocasiona que el trasatlántico se hundiera en el mar. Todos los que viajaban en el barco fallecieron, salvo un hombre que se aferraba a una tabla que lo mantenía a flote en las heladas aguas del océano.

Mientras pasaban los minutos, el hombre agradeció a Dios por haberlo salvado de morir ahogado:

— ¡Gracias, Dios mío! Tú me salvaste de hundirme con ese barco, y sé que tú me salvarás ahora.

Y así seguían pasando los minutos, cuando a lo lejos vio una luz que se acercaba lentamente. Era el faro de un barco salvavidas que, seguramente alertado del hundimiento del trasatlántico, había llegado al lugar en búsqueda de sobrevivientes.

Uno de los tripulantes del barco vio al hombre que flotaba en las aguas, bien agarrado a su tabla, y le tendió una escalera para que subiera a bordo. Sin embargo, el hombre se negó a subir:

— ¡No voy a subir a tu barco! Dios ya me salvó de hundirme con el otro barco, así que esperaré aquí a que Dios me salve nuevamente.

Dicho esto, el barco salvavidas se fue dejando al hombre solo.

Pasaron las horas y un segundo barco llegó. Era otro crucero que pasó cerca del lugar. Uno de los tripulantes vio al hombre que flotaba en las aguas y rápidamente se lo comunicó a sus superiores. Momentos después, se escuchó una voz que le dijo:

— ¡No se preocupe, amigo! En un momento nuestro equipo salvavidas lo subirá a bordo para que esté seguro.

Pero nuevamente el hombre se negó a aceptar ayuda:

— ¡No voy a subir a tu barco! Dios ya me salvó de hundirme con el otro barco, así que esperaré aquí a que Dios me salve nuevamente.

Dicho esto, el segundo barco se fue dejando al hombre solo.

El tiempo siguió pasando. Los minutos se convirtieron el horas, las aguas se enfriaban cada vez más y ningún barco volvió a pasar. El hombre que seguía flotando y agarrado a su tabla no pudo resistir mucho tiempo más y finalmente falleció.

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Cuando su alma subió al cielo, fue recibido por San Pedro, y momentos después pudo hablar con Dios frente a frente:

— No lo entiendo. ¿Por qué me dejaste morir ahogado? Pensé que tú me ayudarías…

— Pero claro que intenté ayudarte —respondió Dios—. ¡Hasta te mandé dos barcos para que te salvaran!

Imagen: Dibujos para colorear

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